Una transición cuidada para seguir caminando juntos
Los cambios nunca son solo cambios de nombres. Y menos aún cuando hablamos de una comunidad en la que se han compartido años, celebraciones, proyectos, dificultades, conversaciones, risas y mucha vida.
Durante estas últimas semanas, en Espíritu Santo estamos viviendo uno de esos momentos importantes: la despedida de Juan Jesús Cea Carrasco y la llegada de Pedro Cabrera Jiménez, CMF, como nuevo párroco, acompañado por José Manuel, que se incorpora como vicario parroquial.
Y quizá una de las cosas más bonitas de este tiempo esté siendo precisamente cómo se está haciendo la transición. Sin prisas. Sin borrar lo anterior para comenzar lo nuevo. Dejando espacio a cada momento.
Tanto Juanje como Pedro han tenido un cuidado exquisito para ayudar a la comunidad a vivir este cambio con naturalidad. Ha habido tiempo para agradecer lo compartido con Juanje y habrá tiempo para despedirlo como merece; pero también se ha abierto espacio para que Pedro pueda llegar, conocer, escuchar y empezar a encontrar su lugar entre nosotros. dY la comunidad también ha sabido hacerlo.
Los distintos grupos, equipos y realidades de la parroquia han acogido el cambio con serenidad y disponibilidad. Pedro y José Manuel no han llegado simplemente a una estructura con actividades, horarios y reuniones. Han llegado a una comunidad que ha querido recibirlos con mimo.
Eso dice bastante de todos: de Juanje, por saber dejar espacio; de Pedro y José Manuel, por entrar con respeto en una historia que ya estaba en marcha; y de una comunidad capaz de agradecer lo vivido sin quedarse anclada en ello y de abrirse a lo nuevo sin necesidad de olvidar lo anterior.
Porque quizá de eso se trate también la vida de una parroquia: nadie empieza de cero y nadie se lleva consigo todo lo construido. Unos llegan, otros parten, cambian las responsabilidades y los rostros… pero la comunidad permanece y continúa buscando, celebrando y caminando.
Una tarde para decir: bienvenido, Pedro
En medio de este proceso llegó uno de los momentos que marcan oficialmente el comienzo de una nueva etapa: la toma de posesión de Pedro como párroco de Espíritu Santo.
La expresión puede sonar un poco extraña. «Tomar posesión» parece hablar de algo que pasa a pertenecerte. Y aquí ocurre casi lo contrario. Desde el punto de vista del Derecho Canónico, con la toma de posesión Pedro asume formalmente el oficio y la responsabilidad de la cura pastoral de la parroquia. No recibe un edificio ni se convierte en propietario de una comunidad. Se le confía su cuidado. Por eso la celebración estuvo acompañada de algunos gestos que quizá vimos sin conocer del todo lo que significaban. Gestos que hablan…
La lectura del nombramiento hizo visible que Pedro no llega por iniciativa propia. Es enviado por la Iglesia, a través del obispo, para asumir el cuidado pastoral de una comunidad concreta. Hay algo bonito detrás de un documento que podría parecernos simplemente administrativo: hay una misión recibida.
Después llegó la profesión de fe y la promesa de fidelidad. Antes de asumir esta responsabilidad, Pedro manifestó públicamente la fe de la Iglesia y su compromiso de ejercer el ministerio recibido en comunión con ella. También este gesto dice más de lo que parece. Recibe una fe que le precede, un Evangelio que también él necesita escuchar y una comunidad a la que está llamado a servir.
Otro detalle interesante fueron los lugares de la iglesia ayudan a comprender su misión.
- La Palabra recuerda la responsabilidad de anunciar el Evangelio. La Palabra que proclama un sacerdote no le pertenece: también él debe escucharla, dejarse tocar por ella y ayudar a que ilumine la vida de la comunidad.
- El altar coloca las cosas todavía más en su sitio. El Derecho Canónico pide al párroco que procure que la Eucaristía sea el centro de la comunidad parroquial. El centro, por tanto, no es quien llega ni quien se marcha. El centro sigue siendo Cristo.
- Y la sede, el lugar desde el que se preside la celebración, tampoco es un puesto de honor. Expresa la responsabilidad de presidir, acompañar y cuidar. Porque en una comunidad cristiana la autoridad solo adquiere sentido cuando se convierte en servicio.
- La comunidad. Pero hubo otro «signo» que no aparece en ningún ritual. Delante de Pedro había personas. Una comunidad.
Pedro no recibe un templo vacío.
Encontró una historia que ya estaba en marcha: personas mayores y jóvenes, familias, niños, catequistas, Cáritas, grupos, equipos, celebraciones, proyectos, heridas, afectos, búsquedas… Cada cual con su manera de vivir y construir Espíritu Santo.
Y esto es importante. La Iglesia insiste hoy en que el ministerio ordenado está al servicio del Evangelio y de la construcción de la comunidad, desde la cercanía, la acogida y la escucha, y llama a una corresponsabilidad cada vez mayor entre ministros ordenados y el resto del Pueblo de Dios. Por eso Pedro no comienza solo. Nosotros tampoco somos espectadores de su ministerio. Nos toca caminar juntos.
Y aquel día, el Evangelio habló de perdón
Como si todos esos gestos necesitaran una última explicación, llegó la Palabra. Pedro acababa de asumir una responsabilidad nueva y el Evangelio puso delante de él —y delante de todos nosotros— una pregunta de Pedro a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo?» ¿Hasta siete veces? La respuesta de Jesús desarma cualquier contabilidad: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete».
La homilía nos llevó precisamente ahí: a una de las experiencias más difíciles de nuestra vida. Perdonar no siempre es fácil. Podemos confundirlo con debilidad, podemos quedarnos atrapados en el daño recibido o alimentar durante años un resentimiento que termina haciéndonos daño también a nosotros.
Y entonces apareció la pregunta central de la parábola: «¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?» Quizá no podía haber una Palabra mejor para comenzar una nueva etapa. Porque una parroquia no se construye solamente con buenos proyectos, reuniones, celebraciones o actividades. Se construye también aprendiendo a convivir con nuestras diferencias, equivocándonos, reparando, teniendo paciencia unos con otros, pidiendo perdón y volviendo a empezar.
Una comunidad que sigue caminando
En el fondo, aquella celebración no habló solamente de Pedro. Habló también de nosotros. El camino sinodal que está viviendo la Iglesia recuerda que la comunidad no es la simple suma de personas que acuden a un templo. El proyecto de Esse Anima así lo propone. Por el Bautismo formamos un Pueblo en el que existen distintas vocaciones, carismas y ministerios, y todos estamos llamados a participar en la misión. Por eso este relevo no debería consistir simplemente en preguntarnos qué hará nuestro nuevo párroco. Hay otra pregunta mucho más interesante: ¿Qué vamos a construir juntos?
Pedro y José Manuel llegan a una comunidad con historia. Nosotros recibimos a dos personas que también traen la suya. Habrá tiempo para conocernos, para escucharnos, para descubrir dones y también diferencias; para acertar unas veces y equivocarnos otras. No necesitamos tenerlo todo decidido ahora. Tenemos algo bastante mejor: tiempo para caminar juntos.
Bienvenido, José Manuel. Y bienvenido, Pedro.
Cristo permanece en el centro.
La comunidad sigue caminando.
Y el Espíritu continúa abriendo camino.