SEPARADOR
SEPARADOR

El pasado jueves nos reunimos para despedir el Proyecto Emaús. Y, mientras mirábamos atrás, comprendimos que no estábamos cerrando unas puertas. Estábamos dando gracias por una historia que ha dejado huella en muchas vidas.

Todo comenzó en 2014. La comunidad de la Parroquia del Espíritu Santo, respondiendo a la llamada del papa Francisco a salir a las periferias, decidió soñar un proyecto misionero para acompañar a los niños, niñas y familias de Casería del Cerro.

Durante dos años hubo reuniones, búsquedas, dudas, ilusión y mucho trabajo compartido. Hubo que imaginar un proyecto donde todavía no existía nada, buscar recursos, acondicionar un local y creer que era posible cuando aún no había resultados que mostrar.

En 2016, con la bendición del local que desde entonces sería su casa, el Proyecto Emaús abrió sus puertas. Lo que había nacido como un sueño compartido comenzó a hacerse vida cada tarde.

Y ya nada volvió a ser igual.

Durante estos años, cientos de niños, niñas y familias encontraron aquí mucho más que un apoyo educativo. Encontraron un lugar donde eran esperados, escuchados y queridos. Un lugar donde hacer los deberes era importante, pero todavía lo era más descubrir que alguien confiaba en ellos.

Por eso queremos recordar con un agradecimiento muy especial al grupo fundacional de la Parroquia del Espíritu Santo, que tuvo la valentía de dar el primer paso cuando todo estaba aún por construir. Ellos sembraron una semilla cuyo fruto ha llegado mucho más lejos de lo que entonces podían imaginar.

Nuestro agradecimiento también a PROCLADE Bética, por impulsar y sostener este proyecto; a Cáritas Diocesana y a Cáritas Parroquial, por caminar siempre a su lado; y a todas las personas e instituciones que hicieron posible que este sueño creciera y permaneciera vivo durante todos estos años.

Este homenaje tampoco estaría completo sin recordar a todos los educadores y educadoras que han formado parte de Emaús desde sus comienzos. Cada uno, en su etapa, entregó tiempo, profesionalidad y corazón. Cada uno dejó una huella en la vida de tantos niños y familias. Gracias por creer, por acompañar y por sembrar esperanza cada tarde.

Y un reconocimiento muy especial a Charo, que hace ocho años recogió el testigo de quienes la precedieron y llevó el proyecto a una etapa de enorme madurez. Con una entrega incansable fortaleció el acompañamiento a los niños, impulsó el trabajo con las familias, abrió espacios de encuentro con las madres y favoreció procesos de crecimiento y empoderamiento que seguirán dando fruto mucho después del cierre de Emaús.

También queremos dar las gracias a quienes casi nunca aparecen en las fotografías. A tantos voluntarios de la parroquia que pintaron paredes, montaron muebles, repararon desperfectos, decoraron espacios, prepararon actividades o simplemente estuvieron disponibles cuando hacía falta una mano. Gestos sencillos, muchas veces invisibles, que también han construido esta historia.

Porque Emaús nunca fue solo un proyecto socioeducativo.

Fue una comunidad que decidió hacerse presente en un barrio. Fue una forma concreta de vivir el Evangelio. Fue la certeza de que nadie cambia su vida solo y de que el amor necesita tiempo, cercanía y personas dispuestas a caminar al lado de otros.

Y, sobre todo, gracias a los niños, niñas y familias que habéis formado parte de esta historia.

Vosotros habéis sido el verdadero corazón de Emaús. Nos habéis enseñado que acompañar es creer en alguien incluso cuando todavía no cree en sí mismo. Que educar es sembrar futuro. Que escuchar también transforma. Y que una tarde compartida puede cambiar una vida.

El Evangelio cuenta que, camino de Emaús, dos discípulos descubrieron después que Jesús había caminado con ellos durante todo el trayecto.

Quizá esa sea la mejor imagen de todo lo vivido aquí.

Dios ha seguido caminando por las calles de Casería del Cerro a través de cientos de manos sencillas que nunca buscaron protagonismo, pero que hicieron posible este pequeño milagro cotidiano.

Hoy termina una etapa.

Pero el bien sembrado desde 2014, y vivido cada tarde desde 2016, seguirá creciendo en cada niño que encontró aquí un hogar, en cada familia que recuperó la esperanza, en cada voluntario que descubrió la alegría de servir y en cada educador que entregó una parte de su vida para hacer posible este proyecto.

Porque hay lugares que cierran sus puertas, pero nunca abandonan el corazón de quienes los habitaron.

Gracias, Proyecto Emaús.

Gracias a todos los que hicisteis posible esta hermosa historia. El amor sembrado en Casería del Cerro seguirá dando fruto.