Los 25 años de sacerdocio del padre Juan Jesús Gea se convierten en oportunidades educativas para los jóvenes de Iruya
Hay aniversarios que se celebran recibiendo regalos. Y hay otros que se celebran devolviendo lo recibido.
Con motivo de sus 25 años de sacerdocio, el padre Juan Jesús Gea tomó una decisión: no quería regalos personales. Quienes quisieran tener un detalle con él podían realizar una aportación para que aquella celebración se transformara en ayuda para otras personas.
«Quería que el dinero de la gente que quisiera darme algo, en lugar de cosas personales, fuera para algo así».
Entonces llegó desde Iruya, en la provincia argentina de Salta, una necesidad concreta. Y aquel lugar no era desconocido para él.
Volver, de otra manera, al lugar donde dejó parte de su vida
Durante su etapa pastoral en Argentina, Juan Jesús estuvo vinculado a esta comunidad y al proyecto educativo que allí comenzaba. Él mismo recuerda que le correspondió poner en marcha la construcción de aquel colegio no formal educativo.
Veinticinco años de sacerdocio después, aquella historia vuelve a encontrarse con su camino.
La comunidad necesitaba medios que permitieran a jóvenes y otras personas estudiar a distancia, terminar la educación secundaria y acceder a estudios superiores.
Y hacia allí se destinaron las aportaciones de sus bodas de plata.
De un espacio vacío a un aula virtual
Las fotografías enviadas desde Iruya cuentan el resto de la historia.
Primero hubo que construir el mobiliario. Las imágenes muestran el trabajo de fabricación y montaje de los puestos individuales: tableros cortados, herramientas, perforaciones y estructuras que poco a poco van ocupando el aula.
Después llegaron los equipos informáticos.
La documentación acredita la adquisición de 17 ordenadores, además de monitores y equipamiento complementario: cámaras web, auriculares con micrófono, altavoces, estabilizadores y material de red. También consta la compra de los materiales empleados para fabricar el mobiliario, con destino identificado como CEAP Kawsay Iruya.
Y las últimas fotografías muestran la transformación completa: donde antes había un espacio por preparar, ahora existe un aula con numerosos puestos informáticos individuales preparada para estudiar.
Pero todavía faltaba lo más importante: las personas.
«Nos hacía muchísima falta»
Joel Michael Owen Zambrano, hijo de Domingo Zambrano y nieto de Ricardo Zambrano, ya utiliza estos recursos para continuar sus estudios:
«Quiero agradecer sinceramente al padre Juan Jesús Gea por toda la ayuda que nos dio. Nos hacía muchísima falta y hoy nos sirvió muchísimo. Para estudiar, estoy cursando en el sistema virtual el módulo número 6».
También Milagro Baños explica en otro de los vídeos lo que esta oportunidad significa:
«Queremos agradecerle por haber donado las computadoras para que podamos terminar el secundario virtual. Este es mi último año y, para el año que viene, poder elegir una carrera».
Ahí está probablemente la mejor explicación de para qué sirven estos ordenadores: terminar unos estudios para poder empezar a elegir los siguientes.
«La solidaridad puede cambiar destinos»
Junto a las imágenes y los vídeos llegaron desde Iruya varias cartas de agradecimiento.
Adalis del Rosario Zambrano, estudiante becada de la Universidad Católica de Salta (UCASAL), explica que para quienes viven en lugares como Iruya, donde las posibilidades de acceder a la educación superior son limitadas, disponer de estos medios representa «esperanza, igualdad de oportunidades».
Y termina su carta con unas palabras que resumen el sentido de toda la iniciativa:
«Gracias por creer en la educación, por confiar en los jóvenes y por demostrar, con hechos concretos, que la solidaridad puede cambiar destinos».
No es el único testimonio. Las cartas hablan de terminar la secundaria, estudiar una carrera, asistir a clases y aprovechar unas herramientas que quedan al servicio de la comunidad. Una de las jóvenes cuenta que estudia Escribanía; otras recuerdan incluso al padre Juan Jesús y aquellos años compartidos con sus padres y abuelos en Iruya.
25 años después, seguir diciendo sí
Quizá por eso estas bodas de plata sacerdotales tienen una fotografía poco habitual.
No son solo la fotografía de una celebración.
Son también 17 ordenadores encendidos en Iruya.
Son jóvenes sentados delante de ellos terminando sus estudios.
Son familias que recuerdan una presencia pastoral de hace años.
Y son una comunidad que dispone ahora de nuevas herramientas para seguir creciendo.
Celebrar 25 años de sacerdocio mirando hacia quienes estuvieron y siguen estando en el camino convierte el aniversario en algo más que memoria: lo convierte nuevamente en misión.
«Los sueños que se sueñan juntos se hacen realidad»
Juan Jesús Cea CMF